Magic City: La Poesía Cubana de Miami

por: Néstor Díaz de Villegas

portada magic city malha fina cartonera

Magic City: A poesia cubana de Miami, de Néstor Díaz de Villegas (org.). Edição bilíngue. Malha Fina Cartonera, 2019.

Cuando se habla de Cuba y de los Estados Unidos se da por sentado que existe un gran enfrentamiento o contradicción. Sin embargo, Cuba es el país más cercano a los Estados Unidos, no solo geográfica y socialmente, sino espiritualmente; nosotros somos un país que casi pertenecemos a los Estados Unidos, y los Estados Unidos en parte nos pertenecen. Nosotros tenemos una gran inversión espiritual en algunos territorios de la Florida. Key West fue transformado por los cubanos en Cayo Hueso, y en Tampa José Martí dio sus más importantes discursos políticos. Y por supuesto se llama La Florida por una razón: era originalmente un territorio español. Pero si vamos un poco más al norte, a la ciudad de Nueva York, encontramos que allí se creó la bandera cubana y que Cirilo Villaverde publicó allí la versión definitiva de su gran novela antiesclavista Cecilia Valdés. De manera que, si nosotros estamos en Miami, no estamos en un lugar extraño, Miami es parte de la cultura cubana, La Florida es parte de la cultura cubana, Cayo Hueso es parte de nuestra cultura, y ese territorio donde está Miami siempre lo fue. A partir del año 1959 comenzó a recibir oleadas de emigrados cubanos, y en el día de hoy la ciudad envía varios miles de millones de dólares en remesas a Cuba por lo que, económicamente, se ha convertido en la ciudad número uno, por encima de la capital cubana. La Habana sigue siendo el centro espiritual de los cubanos, pero Miami es su centro económico. Minimizar a Miami o entenderla nada más que como un centro de personas reaccionarias —de “gusanos”, como siempre se dice— y caracterizarla de manera negativa es erróneo, porque Miami es la ciudad donde realmente hay un sinnúmero partidos políticos cubanos, entre ellos marxistas y hasta castristas. Hay socialdemócratas y gente que integra el movimiento de afrodescendientes o de LGBT, hay una multiplicidad de opiniones y de ideologías organizadas en grupos. Si vas a La Habana, hay un solo partido. Miami es un lugar donde existe la multiplicidad, verla como un monolito de personas retrógradas es absurdo. Quizá los más visibles son los que hacen más ruido, pero no siempre hay que hacerles caso a los que hacen más ruido.

Entre esos tantos grupos estamos los poetas, que no pertenecemos a ninguna denominación; por lo menos los poetas de los que hablaré —en los que me incluyo— no pertenecemos a ninguna denominación política, pertenecemos nada más a la escuela de la expresión poética. Y queríamos expresar en el lenguaje de la poesía esa ciudad donde el destino nos había depositado. A dos de ellos los conocí muy bien y fueron mis amigos: Esteban Luis Cárdenas, mi compañero de drogas, y Leandro Eduardo (Eddy) Campa, que no era cocainómano, como Cárdenas y yo, ni adicto a nada; desde que llegó a Miami por el Mariel no tuvo un lugar para vivir, así que vivió en la calle durante 20 años. También les voy a hablar de Legna Rodríguez Iglesias, quien llegó de Cuba hace pocos años y para quien la ciudad ya se ha convertido en tema de su literatura. Legna ha escrito un libro, Miami Century Fox, que es muy importante, según mi punto de vista.

ciudad mágica

Ciudad Mágica, de Esteban Luis Cárdenas.

Esteban Luis Cárdenas nació en 1945, hijo de dirigentes obreros, negros cubanos. Su padre fue empleado de la revista Bohemia antes de la revolución, cuando la revista fue un centro de resistencia a la dictadura de Batista. Luego Cárdenas, el hijo, mi amigo, también fue a trabajar a la revista. En un momento determinado consideró que quería irse del país, en una etapa de la historia cubana en que abandonar la isla era casi imposible. La única manera que tuvo Cárdenas de abandonar el país fue irse a la azotea de un edificio y tratar de caer tres pisos abajo, en el patio de la embajada de Argentina. Quiero decir que cuando eso ocurrió no había un gobierno democrático en Argentina, sino una dictadura que se entendía muy bien con los gobernantes de Cuba, y esta dictadura era la de Jorge Rafael Videla. Cuando Cárdenas cayó del tercer piso en el patio de la embajada argentina, los empleados de la embajada lo recogieron, lo sacaron y lo pusieron en la acera, y pasó los próximos 3 años en la cárcel. Perdió un ojo, perdió el movimiento de parte de su cuerpo. Después, en Miami, lo atropelló un carro y perdió el movimiento de la mano con que escribía. Además, las traqueotomías que le habían hecho en varias ocasiones le había dado un tono de voz muy particular. Un gran poeta, Cárdenas; inclusive con esa voz era un gran declamador.

Barrio

 

A Carlos Victoria

 

Un pájaro de nácar trinaba
posado en la punta de un mástil amarillo.

 

Farolas azules y rojas y un símbolo verde.
Restos de emblemas oficiales. Signos oscuros
para los ojos alertas y el avanzar nervioso.

 

Afluyen los significados y el orgullo
se humilla.

 

Un negro (cubano o norteamericano),
cruza la calle y empuja un carro de metal
color plata.

 

Barrio.

 

Se deslizan rumores;
alguna puta joven grita
reclamando su pago o, simplemente, un crack.

 

La policía merodea por las cercanías
y los expendedores se alteran.

 

Hombres diseminados con ritmos y delirios.

 

Barrio

 

de estibadores, de drogadictos y noctámbulos.
Se ven jardines apretados. Barcos.
El olor activo y resinoso del río;
figuras esbeltas, misterios.

 

Boarding homes, markets cubanos (bodegas)
o norteamericanos asaltados por cubanos.
El Círculo K, antiguo Utotem
y mujeres distintas, jóvenes vagamente hermosas
y buenas hembras, con los senos hacia abajo.

 

Barrio.

 

Seres solitarios, dibujos de las encrucijadas,
alzan los ojos y observan los relieves:
entechados de imitación, tejas fijas,
similares a alfombras.

 

El barrio está tranquilo,
soporta la tarde hermosa y las canciones
que brotan de los hogares junto a músicas
alegres y altas.
A veces gritan en las casas. Una madre
maldice a sus hijos y culpa a Norteamérica.

 

Barrio.

 

Los refugios perecen sosegados
bajo la ambigüedad de las luces.

 

Tardes que no les importan a los desamparados,
a los anormales. Atisban los interiores
de un Ejército de Salvación. Una limosna.

 

Nadie ruega a los dioses. Vociferan.
Los dioses no escuchan. Permanecen fatigados,
Sombríos.

 

Los solitarios y algunos,
con premura, siguen por ciertos rumbos.
Se nutren con el viento del océano.

 

Hay lugares enrejados y pobres
en donde mueren los inexpertos, los desgastados.

 

Barrio.

 

Un pájaro de nácar
posado sobre la punta de un mástil amarillo
continúa trinando.

Ese es Cárdenas, leyendo el poema “Barrio”, que es el barrio donde él vivió casi siempre en Miami. No sé si ustedes conocen el libro que se llama Boarding Home, de Guillermo Rosales. Rosales era su vecino, yo era el otro vecino. Vivíamos en un gueto; todo Miami en realidad no es nada más que un gueto cubano, pero dentro del gueto había lugares más pobres, donde existían manicomios y lugares para personas desamparadas que no podían moverse con facilidad. Éramos del tipo de desamparados incapaces de aprender el nuevo sistema. Yo nunca lo aprendí. Había otros que sí, escalaban y llegaban, pero nosotros, todo lo contrario, íbamos cada vez más para abajo hasta llegar al fondo del barril, como se dice.

Cárdenas murió en el 2010 en un sanatorio para desamparados que se llama The Point. Estamos conectados de mil maneras, él y yo. Cuando llegó a Miami, en el año 80, fui a visitarlo en los primeros días y le regalé El tiempo de los asesinos de Henry Miller, que es un ensayo sobre Arthur Rimbaud; ese es el libro que aparece en Boarding Home —se lo regala al protagonista William Figueras el personaje que se llama El Negro. Es el libro que yo le había dado a Esteban Cárdenas en la vida real; es decir, estamos conectados en la literatura y en la vida. Cárdenas era un gran compañero, un gran amigo, una persona extremadamente fina y delicada para quien Miami fue demasiado violento. El aspecto violento de Miami es innegable.

Yo me salí del barril, me limpié de los vicios, del vicio de las drogas y también me limpié del “vicio de Miami”, que es el título de uno de mis libros. Porque la ciudad, es cierto, produce un cierto vicio, un cierto atractivo malévolo, y lo mejor que se le puede decir a un cubano —nosotros se lo decimos cuando llegan exiliados a los Estados Unidos— es: “Vete de Miami, vete a otra parte”. Entonces, nosotros tenemos nuestras razones para no quedarnos allí. Porque yo estuve 5 años en una prisión en Cuba y después estuve 20 años en otra prisión que se llama Miami, que de cierta manera está concebida como ese lugar para el que no cabe dentro de la nueva sociedad creada en Cuba, para el que no puede aceptar la manera en que está construida esa nueva sociedad. Entonces sales de esa nueva sociedad a un lugar que también es una especie de prisión. Y en el momento en que te das cuenta de eso, es hora de que te vayas.

Así que les hablo de la poesía de un grupo de personas que han caído en un lugar sin futuro. Porque tendrá futuro para mi hijo, que nació allí. Sin embargo, para mí que vengo de otro lugar, mi futuro ya terminó. Voy a ser el que se queda sin ninguna parte, el que da la vuelta, y cuando la vuelta termina, como terminó para mí en el año 2016 cuando regresé a La Habana con mi esposa Esther María, y me di cuenta de que ya Cuba tampoco es lo mío. Los lugares donde crecí, donde caminé, donde fui a la escuela no tenían ningún significado. Así que regresé otra vez al lugar de donde no soy, pues no puedo regresar al lugar de donde soy. Esto es válido no solo para los cubanos, sino para cualquiera que llega a un país a los 20 años, a los 30 o los 40; la vida como que se corta. Y termina. Entonces comienzas a ver al lugar que dejaste con mucha fantasía, como si fuera algo maravilloso, y en realidad cuando regresas ves que ya no perteneces ahí tampoco.

También quiero que conozcan a Leandro Eduardo Campa, conocido como Eddy Campa.

capa livro eddy campa little havana memorial park

Little Havana Memorial Park, de Leandro Eduardo (Eddy) Campa.

Eddy también llegó a Miami durante el Mariel. En La Habana había escrito un libro que permaneció escondido en una letrina por mucho tiempo —se titula Calle estrella y otros poemas—, hasta que por fin lo pudo sacar por el Mariel. En Miami escribió dos libros, uno de ellos se llama Little Havana Memorial Park. Campa escribe sobre el barrio donde vivíamos, Little Havana, o la Pequeña Habana, como si se tratara de un cementerio, donde todo el mundo se hubiera muerto, como si ya él estuviera hablando de las tumbas de las personas que en realidad aún vivían en este barrio. Trata a los residentes del barrio como si fueran muertos, pues estaba claro que la vida de esa gente se había terminado. Eran ecuatorianos, peruanos, cubanos; todo tipo de gente que se reunía en una cierta esquina de Miami que estaba en la Segunda calle y la Octava avenida del sudoeste. Y a esa esquina él también iba. Eddy vendía joyas falsas, se las compraba a un joyero cubano. Las joyas eran de bronce y él las pulía, las pulía… Venía a mi casa y mientras estábamos conversando él estaba puliendo cadenas, manillas, hasta que quedaban tan brillantes que parecían de oro. Entonces salía a la calle, y como se vestía con un saco, una corbata y un maletín, abordaba a las personas y lo atendían: “Señora, señora, estoy pasando por unos tiempos un poco difíciles, pero tengo esta cadenita …” Si le decían que no, él insistía: “Por favor, mírela bien, se la lleva nada más que por 40 dólares…”. Y al final la vendía. Eddy vivió así durante 20 años. La policía decía: “¡Ahí está!”. Entonces tenía que correr. Eddy es uno de los personajes del bajo mundo miamense y también un gran poeta. Murió en el año 2001 de un problema renal. Vivía en la calle y tenía que hacer un tratamiento de diálisis, así que se murió.

Este poema que voy a presentar habla de una persona real —todos los nombres de las personas en este libro de poemas son de personas reales. Campa era mujeriego, siempre estaba enamorado de alguna mujer que no le hacía caso, por supuesto: era un desamparado. Esa persona en particular se llama Mirta B. Miraflores, y él le escribía poemas que le dejaba en el parabrisas de su Chevy Camaro. Ella llegaba por la mañana, agarraba los papelitos, los rasgaba y los lanzaba con desprecio. ¡El corazón de Eddy se partía! Entonces hay un poco de humor, hay un poco de ironía en todo esto y hay un tono que quisiera que notaran, es un tono cursi, o picúo, digamos. Su poesía quiere sonar como muy picúa, como algo con litografías de cisnes, como algo kitsch, pero debajo de eso hay una gran observación de la realidad. Son poemas muy duros, muy violentos. La suya es una estética kitsch, pero mentida. Esa es la estética de un hombre que siempre traía debajo del brazo un libro de Hume, de Nietzsche o Platón. Era un gran lector de filosofía, pero se reía del mundo en que él mismo vivía.

VI

 

Yo, Eddy Campa,
que amé a Mirtha B. Moraflores
hasta el delirio.

 

Yo, que la esperaba
en el quicio de los atardeceres
desde las cinco de la mañana
para, tres horas después, verla
salir de su apartamento

 

–y ella siempre detrás
del marido
para hacerme pensar que él no le interesaba
mucho–

 

heme aquí, ahora,
revolviéndome en este sarcófago
de despecho (si al menos estuviera acolchonado),
recordando las noches
en que ella, Mirtha, se paraba
en la ventana de su dormitorio para verme
escribir sobre mis rodillas,
sumido en el más sublime de los sufrimientos;
entonces,
todo era motivo para la lírica
y hasta la inmundicia se tornaba poesía.

 

Déjame decirte, oh Mirtha mía,
que nunca te dije
que te amaba
para salvar este poema.

Little Havana Memorial Park lo publicamos entre varias personas. Revelaba tantas cosas, y de tantas gentes de ese barrio, que Campa se escondió durante un mes porque tenía miedo de que fueran a atacarlo. Sin embargo, cuando llegamos con los ejemplares al barrio, ya la gente conocía el libro y estaba muy encantada de ser parte de un cuaderno de poesías. “¡Eddy, nuestro poeta internacional, Eddy nuestro gran hombre que triunfó!”. Todos brindaron con algo que en Miami llaman “una colada”, que es un vasito pequeño de styrofoam para llevar el café. Esa era la manera de demostrar la amistad. “¡Por Eddy!”, decíamos. Todo el mundo estaba muy contento porque uno de ellos, pobre, degenerado, había triunfado internacionalmente, aunque no había triunfado en ninguna parte. Eddy era muy irónico, y es uno de los miamenses que nunca tuvo un pensamiento político, centrado en la política. Pero en un momento determinado —tal vez 1984— en los años en que concebía el libro, Ronald Reagan vino a un restaurante cubano famoso, La Esquina de Tejas, muy de estética picúa, con carretas de bueyes, palmeras y cuadros de campesinas en las paredes. Reagan llegó al restaurante y saludó a todos, a los dueños y los comensales, y comió arroz, frijoles, plátanos y pollo y después dijo: “¡Qué bueno!”. Eddy escribió un poema acerca de ese asunto, que en manos de cualquier otra persona podría haber sido un poema político, pues se trataba de un personaje político, pero Eddy escribió un poema que es simplemente humano. Para mí, es uno de los poemas más importantes de ese libro y unos de los poemas antológicos de la literatura cubana, porque es simple, corto, va al grano, muy rápido. Además, es un poema que retrata un aspecto de la vida cubana de Miami muy importante que es el momento fugaz en que el pueblo, los que no tienen absolutamente nada, y el gran político norteamericano, se encuentran.

XXIV

 

Necesité valor para hablarle:
creí que me iba a tomar por loco
pero, como dije, me llené de valor
y fuí hacia él, y le dije:

 

Sr. Presidente Reagan
haga algo por mi hijo
preso en Cuba

 

y yo miraba mis manos mojadas en el agua
del fregadero, y a mi delantal con rastros de comida
pensando, como dije antes, que me tomase por loco

 

pero él, el Sr. Presidente, se volvió
hacia mí

 

con una sonrisa
y me preguntó el nombre de mi hijo preso
y el motivo por el cual se hallaba preso
y me dio su teléfono para que lo llamase a la Casa Blanca
y estrechó mi mano sin importarle lo mojada que estaba
y yo recogí su plato, y el me dijo thank you.

 

De: Little Havana Memorial Park (1998)

Este es un poema simple, sin embargo, ahí hay una escena. Admiro a las personas que saben pintar escenas, para mí eso es muy importante, de lo contrario, el tiempo se las va llevando. El poeta existe para fijar la escena, y Campa era un gran filósofo, alguien que entendía que el tiempo era tan sutil, que supo captar ese momentito en que Reagan pregunta “¿Cómo se llama tu hijo?” —aunque en realidad no le importa el nombre del hijo ni nada—, mientras le da la mano a este hombre que tiene la suya embarrada de agua sucia y comida, y el gran hombre agradecido le dice “Thank you”. El momento en sí mismo no tiene ningún significado, los políticos hacen eso todo el tiempo, levantan a los niños pequeños, les dan un besito, pero todo carece de significado. Sin embargo, en la poesía de Campa un momento insignificante cobra un gran significado. Me parece que es algo importante de entender y de aprender de los maestros.

Eddy Campa en la esquina donde él vivió

Leandro Eduardo (Eddy) Campa.

Aquí vemos a Campa en la esquina donde él vivió, donde solía estar. Ese es también el lugar donde comprábamos la colada de café y esa es la manera en que siempre iba vestido; lo único que le falta en esa foto es el saco y el libro de alguien importante debajo del brazo. Como ya he dicho, murió en el año 2001, pero no se sabe dónde murió ni dónde está enterrado.

Ese es el Miami que yo quiero que ustedes vean, en oposición a los Miamis otros. Este es el Miami de un grupo de poetas. Estoy mostrando 4, podría mostrar 20 o 30. Hay una gran poesía de Miami, pero el asunto importante también es este: se trata de una ciudad norteamericana donde se crea alta cultura en otro idioma, pero los norteamericanos son tan prepotentes, y tan burros, que sencillamente la cultura dominante rechaza el otro idioma. Hay muchos idiomas en los Estados Unidos. En mi ciudad, Los Ángeles, se habla alrededor de 15 o 20 idiomas diferentes, en grandes números —digamos el armenio, el chino ni hablar, el coreano, el hmong-mien que habla la gente del sudeste asiático. Pero el español es el segundo idioma de ese país enorme. Si vas a Nebraska encuentras comunidades hispanoparlantes en el campo y en las universidades; en todos los espacios de la sociedad norteamericana hay personas que hablan español. El español se ha convertido en el segundo idioma, y no solamente es el segundo idioma porque existe una gran comunidad de hispanohablantes en los Estados Unidos, sino porque ese país tiene fronteras con otros cuyo idioma son las distintas variantes del español. Los Estados Unidos estarían en algún tipo de obligación de admitir que el español es ya parte de la cultura norteamericana. Pero hay un rechazo enorme de parte de la vieja Norteamérica. Recientemente estuve en Bowdoin College, en el estado de Maine, y hablé sobre la representación estereotipada de los latinos en la cultura estadounidense. El campesinado mexicano, por ejemplo, ha emigrado a los Estados Unidos en grandes números y hay una cierta idea de servidumbre en esa primera generación que cruza la frontera —no en sus hijos, en sus hijos ya eso ha terminado un poco. De ahí el estereotipo mediático de la sirvienta que viene de un cierto sector del campesinado mexicano, o del campesinado centroamericano. Pero la emigración cubana no viene de un estamento social habituado a la servidumbre. Mi padre era zapatero, sin embargo, nadie en mi familia tenía una actitud de servidumbre. Así que se ha tomado a esos pobres que vienen de los estratos sociales más bajos como representación de todos los “latinos”, y de todos los hispanohablantes. En Miami, en Connecticut, en Nueva York, los hispanos creamos también alta cultura. Nosotros escribimos poesía, filosofía, libros de historia, escribimos tratados, fundamos revistas; tenemos una gran cultura que debe ser idéntica y comparable a la cultura anglosajona. Necesitamos que ese país se declare bilingüe para que entonces comience a reconocer a la otra parte de su cultura. Por ejemplo, en un libro de lectura de literatura de la Florida aparecen 20 norteamericanos: Harriet Beecher Stowe, Beth Dunlop, Wallace Stevens… ¡No, no, no! ¡Campa! ¡Eddy Campa! Entonces los editores introducen los mismos temas siempre. Pero falta la poesía de Campa, la de Esteban Luis Cárdenas. El libro de lectura de la Florida tiene que tener la mitad, si acaso, de poetas hispanos ¿no? Yo digo que el español es el segundo idioma junto con el inglés como lo es el francés en Canadá, el segundo idioma oficial de la nación, a pesar de que el número de personas francófonas en ese país es inferior al número de hispanohablantes de los Estados Unidos.

Este es el trasfondo de toda esa poesía que no solamente es creada en el gueto sino que además es rechazada, minimizada y ninguneada por la academia y los editores, por la manera en que oficialmente ven nuestro idioma. Esto es algo que me imagino cambiará en el futuro, pero hay lectores, hay escritores y hay creadores importantes en ese otro idioma.

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Néstor Díaz de Villegas.

En cuanto a mí, llegué a Estados Unidos en el año 1979, un año antes del Mariel. En Cuba ya yo escribía, y uno de los poemas me llevó a cárcel cuando tenía 18 años. Estaba en un aula, así, como están ustedes hoy, y a uno de mis colegas, el jefe de la policía política lo había contactado para que recogiera los poemas que yo entregaba a otras personas, y uno de los poemas era un poema político, pidiendo que terminara el reino de la familia Castro, que terminara su momento de mandarnos a nosotros y que vinieran nuevas personas, jóvenes como yo en aquella época, a tomar las riendas del poder, a tomar las decisiones. Todavía ninguno de nosotros toma decisiones importantes en nuestro país, todavía las decisiones se toman por una sola familia que dice hablar en nombre del pueblo, pero también el rey decía que hablaba en nombre de Dios. La gente del poder siempre habla en nombre de algo muy grande, pero, créanme, hablan solamente en nombre de ellos mismos. Y como yo dije eso, alguien en mi aula consideró que podía ir a la policía y entregar los poemas. El día 14 de octubre del año 74, mientras yo estaba en el aula, entraron unos agentes y me dijeron: “Acompáñanos”. Como mi papá era un miembro del Partido Comunista yo pensé “Esto se resuelve en dos horas, se resuelve rápido”. Hicieron un registro en mi casa que duró aproximadamente seis horas y mi papá me dijo “No te preocupes, todo se va a resolver”. Pero no se resolvió. Salí cinco años más tarde de una cárcel, por ese poema. Entonces, al contrario de la poesía de Cárdenas o Campa, la mía sí es poesía política. Hablo de la desgracia del ser humano, de su enfrentamiento a poderes que son mucho más grandes que todos nosotros, y lo hacemos con los medios que tenemos —cuando vamos a una manifestación de esquina, o escribimos un poema. Y yo hice poesía política y me fui a la cárcel.

Cuando salí de la cárcel me empujaran un poco para que me fuera de Cuba, entonces salí en el año 79 junto con otros tres mil presos políticos que Fidel Castro le entregó a Jimmy Carter, y Jimmy Carter nos recogió en los Estados Unidos como refugiados políticos. Desde entonces vivo allá. Mi poesía sale de ese final, y de ese principio.

La edad de piedra - Néstor Díaz de Villegas

La edad de piedra, de Néstor Díaz de Villegas.

Sin embargo, de los poemas que escribí en la cárcel ninguno es político; son poemas a las rosas, a Narciso, ya había pasado el momento en que tenía que decir algo político. El resto de mis poemas se ocupan de Miami, la ciudad adonde llegué con 23 años y de la que salí con 42. Viví 21 años en Miami, ahora llevo 20 años en Los Ángeles, ya tengo 63 años. Pero Miami es el centro de todas mis preocupaciones, me interesa de muchas maneras —como sociedad, como cultura. Los Ángeles hay 20 veces más hispanohablantes que en Miami, pero no se habla tanto el español. En los barrios latinos, los mexicanos, los centroamericanos, llegan e inmediatamente consideran que es una cuestión vital integrarse y empezar a hablar el inglés. Tú hablas con una mujer que friega el piso, y no te dice “perdón”, sino “excuse me” en un inglés malo, pero lo habla. Miami, al contrario, es una ciudad hispana y no solamente por los cubanos; después han venido los argentinos, siempre han estado los brasileños, sobre todo en La Playa, en South Beach, donde se habla mucho portugués. En Miami el inglés es el segundo idioma. Entonces, esa es la marca de una gran civilización, de una gran ciudad.

Palavras à tribo - Néstor Díaz de Villegas

Palavras à tribo / Palavras a la tribu, de Néstor Díaz de Villegas.

Este es del libro que publicó mi querido amigo Francisco dos Santos. Es un libro relativamente reciente, de 2014. Todos los poemas de este libro son abstractos, es la visión de Néstor caminando por las calles de Miami cuando vivía en esta vida un poco oscura, y el encuentro con diferentes personas, distintos ángulos de la ciudad. Para la lectura de mis poemas es importante saber que todos tienen consonancia, hay una cierta rima —pero sin la rima estricta— que se ha logrado muy bien en la traducción al portugués; el sonido pone a dialogar a una palabra con otra, es parte de ese juego con la consonancia.

Una bomba de espejos

 

Nos citamos, enfermos, en los callejones.
Su antebrazo tatuado, pinchado. Los tendones
flojos bajo la manga. Con ojos de ladrones
miramos a la chusma. La basura en el ojo
azul ultramarino, rasgado, medio chino.
Un híbrido. Su rostro cruzado de mechones
azules sobre rojo y rubio y negro y ocre.
Pantalones estrechos y los pies enfundados
en botas de armadillo. ¡Oh, ladrón de ladrones!
Inyectamos azogue en su cuello de cisne
que expiraba en un lago en reparaciones,
escurriéndonos, gordos, entre grandes camiones.
El azogue clonado, mercurio clandestino,
explotaría en espejos. «¿Ya sabes lo que dicen
de las lunas cascadas y los malos reflejos?
Pues que son el preámbulo del dolor y del crimen».
Bajamos escaleras regadas de pasquines
de cantantes cubanos anunciando una estrella.
Los espejos rodaban entre los adoquines.
Un perro mordió a una corneja. Si es posible
mirarse en la propia mentira, si es posible
inventarse y perderse en los límites,
la bomba fue la explosión de una certeza nueva.
«¿No eres tú, también tú, el bello terrorista
emboscado en el gris natural del reverso
que da fondo al vaivén de nuestros espejismos
y sentido al desastre de los cristales huecos?»
Era negro y mulato, americano chino,
sus pasas eran rubias y azules. Los zapatos
de tacones, de lentejuelas frías. Los ojos
de aluminio. Todos los reflectores
se apagaron al unísono. Secretas poluciones
de una bomba de espejos que iluminó el abismo.
¡Criminal catalejo, fugaz diversionismo!
Se escurrió entre dos soles aprovechando un filo.

 

De: Palavras à tribo / Palabras a la tribu (2014)

Por último, les presento a Legna Rodríguez Iglesias, quien llegó a Miami hace pocos años. Se llama así, es la palabra “ángel” al revés. Legna es una activista LGBT, una gran poeta, con una producción impresionante. Esa niña, así como lo decimos en Cuba, expulsa libros de poesía, novelas, obras de teatro, y es muy reconocida y muy bien valorada ahora por todas las editoriales. Nació en 1984, así que ya son varias generaciones de personas que tienen que abandonar el país de origen y salir a buscar mejores condiciones de vida, más libertad política, un espacio donde moverte que pueda ser más internacional.

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Legna Rodríguez Iglesias

Nada más de llegar a Miami, Legna escribió un libro magnífico que se llama Miami Century Fox, con el que ganó un premio. En Cuba, esta joven pertenece a la llamada Generación Cero. Es una gran maestra del lenguaje, experimenta con todo, escribe poemas todos los días y todos los poemas son buenos. Es una escritora muy poderosa.

Legna - Miami Century Fox

Miami Century Fox, de Legna Rodríguez Iglesias.

White Trash

 

Más extraña que bus en la avenida
voy a pie por la acera de Le Jeune,
holgazana de todo y de ningún
trabajo. Tengo libros y una herida.

 

Más derecha que metro en la salida
serpenteo los autos, como atún
en profundos océanos. Algún
hombre sucio saluda. ¡Bienvenida!

 

Más ardilla que tren en el andén
subo por escalera horizontal
y me caigo de nalgas. Fuck you, tren.

 

Romerillo podrido en lodazal,
hormiguita dormida en su llantén,
cualquier cosa me sirve y me da igual.

 

De: Miami Century Fox (2017)

Legna pertenece a la nueva generación de poetas de Miami recién llegados de Cuba, sin embargo, ya tienen una visión propia y muy fuerte de la ciudad. Por supuesto, ya todas aquellas causas fantásticas de los cubanos que vinieron hace 40, 50, 60 años, a estos jóvenes no les importan, no tienen ningún interés en la política vieja, y sucia. Es una nueva generación, con otros intereses que son casi siempre de género, raza, lenguaje u otra cosa de la actualidad. Ellos están escribiendo otro Miami.

Un día le escribí a Legna, porque ella había empezado a escribir sonetos y le dije: “Tienes que darte cuenta de que Miami es una ciudad donde hay grandes sonetistas, somos una tradición de sonetistas, porque antes de mí ya viene la generación anterior que es la de Orlando González Esteva, un gran poeta metafísico, o Félix Lizárraga, que escribió sonetos exquisitos”. Le dije: “¡Has llegado a la tradición de Miami!” y la respuesta de esa joven fue: “¿Cuál Miami?”.

Bueno, de todo lo que tendría que decirles, mi principal idea cuando hablo de esa ciudad donde viví tantos años, donde nació mi hijo y donde murió mi abuela es sencillamente tratar de hacerla un poquito más compleja para la persona que la mira desde afuera.

Transcrição: Larissa da Silva Rosa

NÉSTOR DÍAZ DE VILLEGAS, (Cumanayagua, 1956). Poeta y ensayista. Poemas suyos han aparecido en las revistas Sugar Mule, Golden Handcuffs, Lateral, Plav, Lichtungen, Zunái, Letras Libres y Scientific American. Entre sus libros recientes se encuentran Che en Miami (Aduana Vieja, Valencia, 2012) y Palavras à tribo/Palabras a la tribu (Lumme Editor, São Paulo, 2014). El sello Bokeh ha recogido su poesía en un volumen, Buscar la lengua. Poesía reunida 1975-2015 (Leiden, 2015), y su prosa en el tomo Cubano, demasiado cubano (2015). Vintage Random House publicó recientemente su libro De donde son los gusanos. Crónica de un regreso a Cuba después de 37 años de exilio. Reside en Los Ángeles, California.

“A cidade e o bosque”, de Edgardo Rodríguez Juliá

Tradução de: Chayenne MubarackPacelli Dias Alves de Sousa

Em Piñones, depois do aeroporto Luis Muñoz Marín e esse largo trecho de praia que culmina o litoral marítimo, passando a ponte da Boca de Cangrejos, desde o qual se divide todo o perfil costeiro de San Juan, encontram-se os lugares sombreados, perto do manguezal, à vista essas lagoas secretas – a de Piñones e a de Torrencillas – que são o bosque aquático da cidade, seu destino esquecido. Piñones é o bosque de coqueiros e manguezais em que a cidade chegou, os pinheiros que semearam-se para domar os ventos do furacão, o lugar quase selvagem.

Piñones também é o lugar de Puerto Andín – “atrás do quartel a direita, e quando estiveres a ponto de cair do cano, aí está”… –, porque a cidade é consequente ao cultivar esses lugares na metade do caminho entre a clandestinidade e o rumo criminal, restaurantes, lojinhas e espeluncas, bancas e bares com salões para o adultério ou os amassos, a pista atrás de alguém da mesma maneira que a solidão te persegue.

Não queiras chegar até Vacía Talega ou a lagoa de Piñones, com suas águas cinzas e terrosas, com sua baixa maresia quase no nível da grama bem cuidada, com sua população ancestral de negros descendentes de escravos fugitivos. Hoje ficarias do lado de cá da cidade, não arriscarias à aventura da criança que vivendo em Piñones poderia estar na África, porque a cidade de San Juan, nessa distância bosque adentro, é um clarão diante do mar, um resplendor que alcança o céu.

Ficas do lado de cá e recordas a passagem de teu romance Mujer con sombrero panamá: “É como me dizia um velho fodedor: Puerto Andín é o lugar onde você traz a garotinha quando quer impressionar; é um lugar, se liga, com a natureza, e ela vai pensar: caralho, esse cara sim que sabe disso”. Mais à frente insistes em que é o lugar secreto: “É o lugar secreto, lugar para beber, com um amigo ou cúmplice, confidências incômodas. Um dos sitiozinhos, telhado de zinco e com paredes de placas de alumínio foi equipado com os móveis velhos da sala de alguma casa na Avenida Puerto Rico: estão forrados de plástico, porque passaram a funcionar melhor sob o solzão ardente, aí abandonados na escassa brisa do mangue cheio de miasmas. Só presto atenção nas coisas, as pessoas que estão perto nem as ouço”.

Então sentas na cadeira preferida de Manolo para passar a brisa da verdinha, o que hoje chamam cripy: “Também está aí, no sitiozinho do lado, essa cadeira de barbeiro, e me pergunto se devo me sentar nela um pouco para apaziguar os nervos e a nota – be cool, gardez votre calme, coge por la sombrita –. Chega-me a ideia súbita de minha própria insuficiência como facilitador. Esse sentimento me assalta, torna-se urgente, perturba-me. Não há lugar onde me sinta mais criança que em uma cadeira de barbeiro. Sentei-me. Chegou a catatonia”… Manolo poderia, no próximo romance, fumar o cripy da feroz adolescente a qual encomendaram-lhe quase como tutor, e ficar pressionado de torpor nessa cadeira de barbeiro, convencido de que o caldo de peixe que tem na pança é o Lago Titicaca… Justamente como te aconteceu no Flamingo da 65 da Infantaria sobre os tamboretes da Barra, depois de ter comido um tremendo ensopado de camarões…

Ou então poderias subir até The Reef e não comer esse bolinho de carne cúmplice para curar os munchies. E pensarias que na verdade há dois caminhos Mulholland, dois Mulholland Drives em San Juan; talvez não foram pintados por David Hockney, mas os dois são vistas quase aéreas desde a ponta ou do monte, e a cidade fica abaixo tão passiva, tão protagonista, ao fim tirada do traje cotidiano e convertida em personagem.

Chegaste à The Reef de noite. Ouvem-se as bolas de bilhar, chocando com a insistência do lugar aonde irias antes do suicídio. Se Hunter Thompson tivesse conhecido The Reef, teria ficado aí como falador cantineiro até adorar Porto Rico e amar os portorriquenhos. The Reef é o bar na ponta desde o qual se observa o resplendor da cidade, a escuridão do mar que a acolhe, o grande litoral cheio de edifícios iluminados, um barco turístico que não se atreve a zarpar porque entrou nele uma mania de perseguição.

O outro lugar ao qual só é possível chegar de carro, e que sobes pela estrada tortuosa, é o setor La Lomita, em Los Filtros, Guaynabo City. Mas aí não moram os desesperados, tu o sabes, mas os ricos. Quando tiram suas Rodwheilers para passear e German Sheperds no entardecer, abaixo está a cidade como espaço de seu domínio, de sua ambição. De dia, olham-na e parece que trabalha para eles; à noite a contemplam e parece que eles a iluminam. La Lomita é o lugar onde mora a bem-soante filantropia e o “crack” nunca chega porque há guardas privados.

Em The Reef é tudo o contrário: observas a cidade desde lá em cima e não podes admitir que essas colmeias onde a cidadania se entrega ao traje cotidiano da alimentação e a eliminação, o asseio e a procriação, o amor e o desamor, seja uma verdadeira Sodoma. Com três gins na cabeça pensas na adolescência como uma busca incessante de prazer, o amadurecimento como uma tomada do poder e a velhice como um apetite louco de futuro, de imortalidade. Lá embaixo está o pecado, o mundo, e aqui em cima o desconsolo da filosofia, repetes. De cima, desde a colina, ou desde a ponta do profeta, todas as cidades são Sodomas ou Gomorras. As panorâmicas têm a maldição de converter a cidade em objeto de teu juízo. E sempre julga mal quem melhor fracassa. Isso também é certo e é o primeiro a admiti-lo. Que fiquem lá embaixo comendo e cagando, injetando cocaína e fumando crack, fodendo como um louco e parindo adoidado, mijando com Lasix antes de se dopar, chacoalhando ladrilhos e acendendo cigarros, morrendo, disparando, nascendo, lendo Coelho, ensinando Fucô, cantando salsa, rezando, pensando, estudando, praticando aeróbicos, visitando Plaza, sobretudo criando lixo, degustando sushis e elogiando Tego, nadando os cinquenta metros de pura merda. Deves abandonar The Reef. A vista de San Juan desde essas alturas, já não tens a equanimidade da filantropia bem pensante, converte-te em misantropo; logo te unirás a Hunter Thompson no desprezo do “medieval asylum” que restaurou Dom Alegria bomba é. Desce desse monte perigoso.

(de San Juan, ciudad soñada. San Juan de Puerto Rico: Editorial Tal Cual, 2005)

 

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¿Cómo son las cosas, compay?
Foto tirada do el país

Edgardo Rodríguez Juliá. Fonte: El País.

Se é verdade que nesta crônica não se narra nada, também é verdade que se constroem curiosas imagens sobre Porto Rico. Da capital San Juan ao Bosque de Piñones. Da capital San Juan à rua Los Filtros, em Guaynabo City. Da capital San Juan à San Juan literária de Hunter Thompson. O narrador se deixa descentralizar geograficamente, caminha em busca de outras perspectivas sobre a cidade e deste modo, empreende também a busca de uma perspectiva própria, entre memória pessoal, história e ideários outros. A vendável representação de um exótico, paradisíaco e turístico Caribe vai aos poucos se desfazendo: vêm à luz a herança africana sufocada pelo comércio, as desigualdades sociais e as questões que envolvem a vida callejera na ilha.

“A cidade e o bosque” é uma crônica, originalmente publicada em San Juan, ciudad soñada (2005), conjunto de textos sobre a capital portorriquenha, segunda capital mais antiga das Américas. Edgardo Rodríguez Juliá, nascido em 1946, é romancista, cronista, ensaísta e atualmente professor de literatura na Universidad de Puerto Rico, em Río Piedras, onde vive. Desde 1974, quando lançou La renuncia del héroe Baltasar, seu primeiro romance, já publicou mais de 20 obras, inclusive Mujer com sombrero panamá (2004), mencionado no texto. Em 1995 ganhou o prêmio internacional de narrativa Francisco Herrera Luque por Sol de medianoche. É um dos expoentes da crônica latino-americana.

O Passo a Passo Cartonero da Malha Fina

por: Larissa Pavoni Rodrigues

Por ser um espaço difusor de literatura e de publicação independente na Universidade de São Paulo, a Malha Fina Cartonera pretende estimular e dar visibilidade a autores inéditos em nosso meio e fora do ambiente acadêmico também.

O objeto livro, neste caso, é mais do que aquele já conhecido das estantes e bibliotecas. Os livros cartoneros são confeccionados de maneira relativamente simples e barata, com capas feitas à mão, individualmente, com papelão reciclado e folhas costuradas à mão: cada edição é peça única em si mesma e sustentável na mão do leitor. Sustentável na medida em que movimenta o trabalho e a renda de catadores e cooperativas – o quilo do papelão é comprado a um preço bem maior que os R$ 0,20 que normalmente vale.

O nome “Malha Fina” vem da lâmina que pretende desnudar outras faces, outros meios. Abre caminho ao novo, à formação e publicação de novos estudantes, novas traduções, revisões, projetos gráficos e etc. Materializa-se da necessidade de mais vida literária no nosso cotidiano, mais projetos formadores e transformadores.

Cartonera vem de cartón, palavra em língua espanhola que significa papelão. Significa também nosso material-base, fundamental. Trabalhar com ele é tão fácil e rápido que queremos incentivar mais autores, escolas (como já fizemos na EMEF Euclydes de Oliveira, na Escola Joycimara de Falchi e na IV Jornada Pedagógica), cursos, faculdades, a construírem projetos autônomos, difusores da ideia de um selo editorial que incentive a vida literária onde quer que esteja.

Por todas essas ideias, difundimos/demonstramos nesse espaço, o nosso processo de construção de um livro cartonero.

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Foto: Julia Izumino.

Materiais e modos de fazer

O Corte do Papelão

Das caixas de papelão coletadas extrai-se o nosso material de trabalho. O papelão ideal para capas de livros são aqueles mais finos, com uma única ondulação, ou uma só camada. Assim, ele torna-se mais maleável, e mais fácil de ser manuseado, dobrado, cortado, etc. Deve-se estar atento em utilizar o papelão disponível para fazer o máximo de capas, evitando o desperdício.

  • Corte:
  • Estilete grande
  • Placa de corte (usada para proteção da mesa e para maior segurança no manuseio do papelão).

As formas de vidro causam maior aderência ao papelão, e o tamanho delas variam de acordo com o tamanho de livro desejado:

  • Forma de vidro de 15 x 21cm (8 mm) lixada.
  • Forma de vidro 32 x 21cm (8 mm) lixada.
  1. Posicionar a prancha na mesa e, sobre ela, o papelão.
  2. Segurar com uma mão a forma de vidro bem rente ao material, tomando cuidado com os dedos, e com a outra mão cortar o papelão no formato do vidro.
  3. Repetir o processo para fazer a capa e contracapa.

Costura

  • Novelo de linha encerada (da cor de preferência)
  • Agulhas grandes (devem ter entre 7 e 10 cm, com furos grandes)
  • Furador de encadernação (ou agulhão)
  • Martelo
  • Presilhas
  • Régua com a marcação da distância exata entre os pontos que serão furados e costurados.

Neste passo a passo ensinaremos dois tipos de costura: a japonesa e a simples. Ambas seguem o mesmo processo: prender com presilhas (como na foto abaixo) o miolo ao papelão; com a régua marcar os pontos de furo desejados, com o martelo e agulhão furar o miolo e papelão. Após isso, iniciar a costura.

Tanto a costura simples como a japonesa precisam de 4 furos: da base superior ao primeiro furo 3cm, deste ao segundo furo 6cm, deste ao terceiro 3cm, deste ao quarto furo 6cm e, por último, do quarto furo à base inferior 3cm. Na costura simples, os furos vão no interior e na metade do livro, aberto ao meio. Já na costura japonesa, com o refilamento, é importante furar deixando 1cm de distância com o dorso/lombada do livro.

A diferença é com o uso da linha. Em quase todos os furos da costura japonesa a linha passa pelo menos três vezes, já na simples apenas uma.

Outra diferença importante é que a costura japonesa é feita com o miolo do livro refilado, e duas capas de papelão no formato 15 x 21cm. Já a costura simples é feita com o miolo não refilado, e portanto, aberto ao meio junto ao papelão, e papelão no formato 32 x 21cm.

Costura simples: com um pedaço de linha de 30 cm aproximadamente, passe pelo buraco da agulha até restar 5cm mais ou menos, formando nesse pequeno trecho uma linha dupla. Nessa costura não se amarram as pontas da linha. Inicie no interior do livro, passando pelo furo superior, saindo e entrando novamente pelo segundo furo. Do segundo furo passar ao terceiro pelo interior do livro. Agora, você estará no lado de fora e passará para o quarto e último furo, terminando a costura no interior com um pequeno nó, cortando o que restar de linha.

Costura japonesa: essa é um pouco mais demorada e precisa de mais linha também. Corte 60 cm de linha aproximadamente, passe pela agulha e faça um nó nas duas pontas, assim ela ficará dupla. Comece por trás do livro, no furo inferior da contracapa, faça a volta, e dê outra volta passando pelo “pé” do livro. Neste primeiro furo a linha passará três vezes e a costura ficará como um formato de “L” virado para o furo. Vá para o segundo furo pela capa e faça a volta. Pela contracapa, passe ao terceiro e repita a volta. Nessa etapa, você estará na capa e, então, é só passar ao quarto furo repetindo o procedimento do primeiro: duas voltas, uma no dorso e outra na “cabeça” do livro.

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Foto: Julia Izumino.

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Colocar as presilhas, segurando o miolo à capa. Foto: Julia Izumino.

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Com uma régua e um furador, marcar o miolo com o espaçamento desejado. Foto: Julia Izumino.

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Com o martelo, furar o miolo e o papelão. Foto: Julia Izumino.

Pintura da Capa

  • Chapas de radiografia para o stencil
  • Pincéis chatos tamanhos 24, 22, 20, 16, 12
  • Tintas guache
  • Rolinhos de espuma
  • Tinta acrílica Acrilex (uma de cor escura e outra clara)
  • Caneta Uniposca
  • Spray de tinta

A pintura da capa é a etapa mais livre e criativa do processo. Ela pode ser feita de diversas maneiras: com tinta guache, pincéis e rolinhos de espuma; tinta acrílica e stencil para colocação dos títulos dos livros; ou usando spray e stencil. A caneta Uniposca serve para o contorno das letras nos títulos. Pode-se usar, também, técnicas de colagem de tecidos, papéis de distintas fontes como revistas, reutilizáveis, etc. Por fim, um dica é passar um pouco de cola tenaz com um pincel na capa. O resultado é um brilho especial e maior durabilidade das tintas.

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Foto: Julia Izumino.

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Foto: Julia Izumino.

E por fim: mãos à obra! Usando a criatividade e o sentimento cartonero, fluindo desde as mãos ao papelão, esperamos contribuir cada dia mais na difusão de uma literatura bem cuidada e acessível.

Os agradecimentos vão para a Cristiane Gomes pela participação no vídeo, a Mariana Costa Mendes pela edição e a Júlia Izumino pela filmagem.