La Chica del Barrio – Recaredo SILEBO BOTURU

por: Cristiane Gomes

Nessa segunda postagem da seção Sangria, do Blog da Malha Fina Cartonera, vamos conhecer o trabalho de Recaredo Silebo Boturu (Bareso, 1979). Poeta, ator, dramaturgo, diretor e cofundador da companhia de teatro Bocamandja. Autor dos trabalhos Luz en la noche (2010) e Crónicas de Lágrimas anuladas (2014), ambos de poesia e teatro, publicados pela Editorial Verbum, Recaredo também ministra palestras e conferências sobre a cultura de seu país na Colômbia, EUA, Espanha, França, Áustria e Nigéria. Seu trabalho já foi publicado em antologias e revistas. Uma das grandes conquistas deste escritor equato-guineense foi ter sido um dos 39 autores mais promissores da África subsaariana com menos de 40 anos escolhidos para participar da Africa39, em Port Harcourt, Nigéria, eleita pela UNESCO Capital Mundial do Livro para o ano de 2014.

Fiquem com o encantamento de La Chica del Barrio como um convite para conhecer o trabalho do Recaredo e a literatura produzida na Guiné Equatorial.

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Recaredo Silebo Boturu

LA CHICA DEL BARRIO
Recaredo SILEBO BOTURU

Tenía la cabeza rapada. Se vestía de pantalones vaqueros, de camisetas de todos los colores; en su guardarropa, ninguna falda, ningún vestido y en el barrio en seguida la señalaron con el dedo acusón en una sociedad acostumbrada a estigmatizar y a ver lo diferente como algo anormal. En cuanto a la educación social, era diferente de las chicas de su barrio acostumbradas al pepesoup, a las alitas con picante, a las cervezas y a la buena vida sin antes aprender a hacer algo. En aquel barrio había más de lo mismo: las mismas peleas facticias, las mismas discusiones ociosas, el mismo ambiente virulento.

Los niños y las niñas crecían viendo cómo Papá y Mamá lapidaban las horas sentados en los bares del barrio. ¿Qué tanto hacían los padres y algunas madres en aquel lugar, y qué ingerían para que después salieran de allí embriagados? Te embargaban sentimientos cruzados al ver a algunos niños imitar a sus progenitores cuando salían de aquellos bares. Los niños acertaban, eran verdaderos artistas en revestir los personajes de sus padres borrachos.

En el barrio no había ni campo de fútbol ni parques, por lo que los niños, junto a las niñas, tenían que ingeniárselas jugando en la carretera principal. Los otros lugares eran entresijos llenos de lodo pringoso que cuando llovía y se quedaba empantanado en la suela de los zapatos, tenías que ir a descargarlo en aquella carretera donde después jugarían los niños. Todos los días jugaban en la carretera principal cuando el sol ya casi se escondía detrás de los árboles. Y para el cabreo de los niños, tenían que interrumpir sus partiditos para dejar pasar los coches que no cesaban de circular y no tenían otro lugar más que ese.

El barrio era un conjunto de barracones. Los barracones son construcciones hechas muchas veces de material permanente y otras de material no permanente, alineadas y con estructura rectangular, compuestas de una o dos habitaciones, una cocina a veces, y otras veces se reconvertiría una de las esquinas del salón para el servicio nutritivo. Algunas eran una verdadera tristeza observarlas, porque tenían la estructura de grandes helicópteros hechos de madera o papel a punto de estallarse. Y luego te dabas cuenta que dentro de aquellas “viviendas” (porque hay que llamarlas de alguna manera), había personas haciendo de papá y mamá que traían a hijos, muchos hijos, al mundo. Niños preciosos y feos que eran la alegría de aquel barrio. También, había pequeños chalets de configuración colonial. Yo creo que era un barrio colonial y que cuando todos olieron la humarada del petróleo, todos salieron de sus pueblos para asentarse en aquella ciudad, creando cada familia mecanismos para construir aquellos helicópteros.

¿Ya os dije que muchos de los chavales se cabreaban por tener que interrumpir su partidillo? Pues claro. Se cabreaban y mucho.

Y sobre todo cuando eran coches de alta gama con dos tubos de escape que cuando pasaban, y a gran velocidad, por donde jugaban los niños, soltaban un ruido estremecedor. Y los niños y todos los que se encontraban en aquel lugar metían los dedos en los tímpanos para evitar que explotasen porque, ciertamente, sentían que se les iban a explotar. Y los Bugattis, Ferraris, Porsches y Chevrolets pasaban y daba la impresión que tenían la intención manifiesta de fastidiar o provocar a los niños que jugaban en aquella carretera, porque no tenían otro espacio donde poder practicar ese deporte que tanto les gustaba.

Era impresionante ver desfilar tantos coches –mejor dicho, tantos cochazos— en aquel barrio sin iluminación en su calle principal y sin agua corriente en las casas. Los niños se enojaban, y también se quedaban estupefactos ante las estructuras de aquellos automóviles que solo habían visto en las películas de Hollywood.

Los niños ocupaban la carretera y sus madres las aceras. Os explico: algunas madres, que tenían todas la responsabilidad casera de dar de comer a tantas bocas que tenían en casa, colocaban mesas, sí, mesas, en las aceras y sobre ellas colocaban para la venta diferentes productos: cebollas, aguacates, ajos, tomates, caldos, harina, perejil… Aquellas mesas hacían de mercadillos para los naturales de aquel lugar que tampoco tenían la posibilidad de ir a los grandes mercados ni supermercados para poder costearse los precios de los productos mínimos.

Lo de los barracones y los coches de última gama que transitaban en aquel barrio era un contraste impresionante. A ella, la chica del barrio, siempre le vino la pregunta de ¿por qué si las personas podían comprarse este tipo de coches no podían colaborar en la mejora de la vida de las comunidades abrazadas a una injusta pobreza?

En aquel lugar se notaba el cambio climático que habían anunciado muchos seres visionarios, aunque otros, “líderes”, no hacían caso de aquella amenaza que ya hacía estragos en aquella parte del mundo. Algunos días y algunas noches el calor era terrible y era, a veces, imposible conciliar el sueño. Sí, ella sabía que la deforestación que sufría su territorio era causante de la inestabilidad del tiempo. Era como si a muchos le hubieran tomado la medida de saquear toda la madera para beneficio de sus estómagos, y de sus familias, evidentemente.

Ella estaba ya cansada y no pudo más. Y no era porque precisamente había caído un calor aterrador, no.

Al comienzo de aquella semana, ella había tenido un fuerte dolor de cabeza que le había hecho ir al hospital regional para chequearse. ¿Cómo es que ella no se fue como los otros vecinos a la pequeña clínica del barrio que había montado un ciudadano chino? Como os dije antes, ella se fue al hospital regional, un lugar desconfiado por muchos por los cuestionables servicios que ofrecían a los ciudadanos y sobre todo, por la precariedad de sus instalaciones. ¿Os imagináis ver cucarachas, ratones, termes en un hospital público?

Ella prefirió ir a aquel lugar sin más, y porque tampoco se fiaba del chino. Desde que el chino llegó a abrir aquel espacio para la salud para todos, ella estuvo observando los servicios que dispensaba y después de mucho tiempo se preguntaba cómo podría prescribir un médico un medicamento a un paciente sin antes hacerle unos exámenes para conocer lo que le adolecía?

El amigo chino, que así le llamaban, apenas entendía el castellano, ni mucho menos una lengua local, pero una vez que veía a un paciente entrar en su “Consultorio Chino” adolecido de algo, le decía primeramente el precio de la consulta, para luego llevarle a una pequeña habitación donde el enfermo le explicaba lo que sentía y de escucharle sin entender nada, iba a un mostrador donde sacaba jeringas y le perforaba el culo. El chino le perforaba el culo y le decía que debía pasar el día siguiente, el siguiente y el día siguiente para perforarle el culo para sanarle de una enfermedad que uno no conocía.

Ella decidió ir al hospital, sacaron muestra de su sangre, que examinaron. Cuando fue a recoger el resultado de los análisis. – – – – – – – – – – – muchos negativos que ella no entendió, porque le seguía doliendo la cabeza. El médico le recetó “Paracetamol” y la recomendó descansar y beber mucha agua.

Ella hizo caso al médico, compró los comprimidos a disgusto, porque no entendía por qué aquellos resultados fueron “negativos”. Era un dolor de cabeza que no cesaba, pero por suerte no tenía fiebre y tenía la hemoglobina alta. Simplemente era un dolor de cabeza fastidioso. Tampoco el dolor de cabeza fue el causante de aquella decisión que tomó aquella mañana.

Ella se cansó y no pudo contenerse. ¿De qué?

No vayan a pensar que era violenta y que por eso se metió en un desaguisado que la hizo tener el problema que tuvo. Alguna vez se peleó verbalmente con algún vecino y alguna vecina. Eso hacía mucho, en su edad de pubertad. Y cuando se acordaba de aquellas peleas le entraba una enorme vergüenza. Pero le calmaba saber que eran en defensa propia y que si pudiera rebobinar el tiempo, lo gestionaría de otra manera.

Ella creció en el barrio que os describí anteriormente, pero era diferente. Por las tardes dedicaba su tiempo en dar clases particulares a todos los chavales del barrio que se acercaban a su habitación. No tenía amigos conocidos y andaba con un par de chicas que como ella tenían la cabeza rapada. Se ponían pantalones vaqueros y esa manera de vestir hizo que les llamasen lesbianas.

Ella y ellas, estaban acostumbradas a que se les llamara así. No se sentían ofendidas y simplemente aunque sin reconocer que lo eran decían que cualquier ser humano estaba en su derecho de hacer lo que le saliera de las narices siempre y cuando no atropellase los derechos y libertades de los otros. Ella y ellas las llamaban bolleras, lesbianas. Pero eso, no era lo que le hizo cabrearse. No.

Antes de acostarse le gustaba leer un libro y no tenía preferencias. Simplemente le gustaba leer y acostumbraba a explicar que leer antes de acostarse le permitía soñar y levantarse con energía llevadera. Pero por las mañanas también le gustaba echar una miradita al pequeño televisor que tenía sobre una mesita porque le gustaba informarse. Pero una semana antes de hacer lo que hizo ya estaba harta de mirar y ver lo que enseñan en aquellos canales, pura basura tóxica. Dijo.

Una semana antes de tomar aquella decisión, ya comenzaba con aquel dolor de cabeza que le llevó al hospital. Mirar la tele y escuchar noticias de muertes masivas, presumir de lanzar bombas madre de todas las bombas sobre seres humanos, de los desafíos nucleares, de discursos de presidentes eternos en el poder, de las noticias de los miles y millones de hombres, mujeres y niños que tenían que huir de sus hogares asediados por guerras, hambruna y desestabilizaciones políticas. Ella se cansó y por eso aquella mañana, cansada de no poder mirar nada agradable, prefirió ir a echar aquella tele en el contenedor de basura más cercano.

Sus amigas cuando llegaron y escucharon lo que les dijo ella, le dijeron que estaba LOCA.

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